TE NECESITO Weremindful 5.7

Were5.7

Michael Gallahan entró al centro comunitario de su vieja amiga, Marcia Leyton. Cinco años atrás, el mismo día en que uno de sus pupilos había metido la mano en su bolsillo buscando su billetera, había conocido a Marcia y ella a su vez lo  había convencido que el muchacho sólo necesitaba ayuda, no ir a prisión. Marcia Leyton era una mujer especial y muy persuasiva. En ese tiempo se habían hechos muy buenos  amigos. Cada vez que necesitaba ayuda legal Marcia sabía que podía confiar en él. La admiración entre ellos era mutua. El trabajo de Marcia con huérfanos y desposeídos eran digno de admiración, el ayudarla con los casos legales era su manera de honrar su amistad y devolver en parte algo de lo mucho que tenía,

Él también había sido un huérfano. Si no hubiera sido por los padres de Wolff Carter  quien sabe que hubiera sido de él.

La mujer de cabello blanco, recogido en un amplio rodete sobre la cabeza, salía de una oficina y le sonrió al verlo.

—Mi ángel tutelar ha llegado­ —le dijo

—Marcia, como estás tesoro —le dijo abrazándola y alzándola con cuidado. No era una mujer frágil pero tenía sus años.

Marcia rió sonoramente con gusto. Sabía que no era una mujer delgada y sin embargo Michael la alzaba como si pesara lo mismo que una mariposa.

Michael era su debilidad, ¿por qué no? a sus 72 años, ser abrazada y alzada por un hombre como ese era una bendición.

—Creí que vendrías al mediodía —le dijo mientras la besaba en la frente. Marcia Leyton apenas pasaba medía el metro y medio.

—Me dijo mi secretaria que era urgente —dijo dejándola pasar e ingresar a su pequeña oficina detrás de los vacilantes pasos con bastón de Marcia-

—Lo es. Necesito que…, ¿quieres un café?

Michael denegó y la ayudó a sentarse en la silla de su escritorio.

Michael Gallaham medía un metro noventa y siete. Alto, como todos los Weremindful, de cabello oscuro y ojos azules. Las sienes blancas sólo lo habían hecho más interesante. No había nada pequeño en él, tenía el grueso físico de un estibador y si ella no lo conociera ni siquiera le hablaría. Su aspecto, aún vestido con el carísimo Armani que solía llevar, era intimidante. Si ella tuviera cincuenta años menos, ese hombre no se le escaparía. Pero al parecer las mujeres eran tontas, se guiaban por su aspecto no por lo que este hombre tenía para dar. Y su aspecto decía bien alto: ¡Aléjate!

—Bien, —dijo Marcia— necesito que ayudes a una de mis chicas.

—¿Qué hizo? —le preguntó mientras se sentaba frente a ella en la pequeña y débil silla. Los crujidos que daba siempre le hacían  sospechar que no resistiría su peso. Pero hasta ahora siempre lo había hecho.

—Joy dice que nada. Pero la han acusado de asesinato y posesión de narcóticos.

—Vaya, no es lo que solemos defender ¿no?

—No.

Marcia recordó la larga lista de delitos que solían llevarla a acudir a Michael: robos menores, agresiones físicas, fugas, tenencia o venta de drogas, nunca asesinato.

—Conozco —dijo Marcia— a Joy desde que  tenía 5 años. La encontraron vagando en la calle y me la trajeron. Sus padres habían muerto al parecer intoxicados y nadie se había dado cuenta. Pasó por una serie de hogares adoptivos y se quedó conmigo hasta que cumplió los 18. Desde hace un año vive sola. Por primera vez y ha venido a verme al menos una vez al mes. Ahora me llamó. Necesita ayuda. Ella me dijo que es inocente.

Todos los dicen pensó Michael.

—Y yo le creo, esa niña jamás en su vida mintió. Nunca. Y puedo decirte que su vida hubiera sido más fácil si muchas veces hubiera mentido. Ella es inocente Michael ¿podrás ayudarla? —el tono de Marcia era suplicante.

—Claro que sí, Marcia ¿Alguna vez te he negado algo preciosa?

Marcia suspiró aliviada. Michael comprendió cuán afligida había estado.

Michael estaba en la sala de detención esperando trajeran a Joyce Collins. Había leído su expediente y no había mucho que hacer. La habían encontrado gracias a las huellas dactilares en el cuchillo al lado del cadáver de Vincent  Spader, había sido su teléfono el que había llamado advirtiendo a la policía, y habían hallado en su casa, un ladrillo de cocaína casi puro.

La ayudaría tan sólo porque Marcia se lo había pedido. Nada más. No había mucho que hacer con tantas pruebas.

Cuando sintió que daban paso al guardia y la presa levantó sus ojos de los papeles frente a él.

La guardia, una mujer muy alta y grandota, abrió la puerta y dejó pasar a quien venía detrás de ella.

Michael Gallahan siempre recordaría el día y el segundo en que la mujer guardia cárcel le dejó ver a su mujer. Porque no podía ser de otra manera.  Su lobo se había soltado en el mismo instante en que la vio.

Joyce Collins no era un despampanante criatura, sino una delgada y frágil jovencita de cortos cabellos castaños y dorados ojos marrones. Tenía pecas esparcidas por una delicada nariz, algo fina en la punta. Sus labios eran gruesos y voluminosos, quizás lo más llamativo de su rostro después de esos raros ojos dorados. No parecía ni siquiera llegar al metro sesenta y vestida con el uniforme naranja de la prisión ni siquiera podía verse su cuerpo.

Ella casi no había levantado la vista para verlo. Y Michael lo agradeció profundamente. Su lobo había irrumpido con fuerza. Sus manos tenían largas y duras uñas encorvadas, su rostro ya presentaba una barba de varios días, y sabía que le sería difícil hablarle con esos colmillos fuera de sus vainas. Michael estaba tan sorprendido como atontado. ¿Ella? Esta cosita minúscula frente a él ¿era su mujer? ¡Su mujer! La sorpresa le dolía como un golpe al estómago. Su corazón había comenzado a latir con fuerza. Podía sentirlo en sus oídos. ¡Su mujer! Si, había sido sorpresiva la irrupción del lobo, lo era también el sólo pensar en alguien a quien jamás había hablado como suya. Así que esto era de lo que tanto hablaba Shaun, saber que  pierdes el control de tu lobo, que él comienza a ser quien manda sólo porque tienes frente a ti a la compañera destinada.

En sus treinta y tres años de vida, jamás había esperado encontrarla y ni siquiera creído completamente todo lo que Shaun les había contado acerca de Thalie. Bueno, si quería pruebas ya las tenía. Él era la prueba viviente. Se dio cuenta que estaba completamente tenso. Esta pequeña mujercita era suya. De pronto le faltó el aire , respiró y la olió; sus sentidos se llenaron con su olor, ella despedía el suave perfume de las flores de azahar del limonero, algo suave, sutil fuerte y frágil a la vez.

—Siéntate por favor —le dijo intentado esconder sus colmillos y la vio levantar su cabeza para mirarlo al instante. No podía seguir ahí parado mirándola y tratando de que su cerebro embotado comprendiera lo que le estaba pasando. ¿Y si era solo su imaginación? ¿Y si era sólo la enorme necesidad de ya no estar más solo? ¿Si todo lo que Shaun les había contado había quedado tan grabado que veía y sentía cosas que ni siquiera estaban ahí. Pero… vamos, el lobo estaba ahí. No lo había convocado y estaba ahí, con él, mirando, oliendo, deseando.. Quería ver sus ojos, quería sentir su voz…

Su voz sorprendió a Joy: educada, con un tono oscuro, y ronco… de pronto se sintió impelida a mirarlo. No pudo evitarlo. Ella levantó sus ojos y buscó los suyos atraída por el suave terciopelo de su voz.. El hombre tenía unos ojos profundamente azules y una tupida barba. Le había parecido pareció que su cabello era más corto, pero evidentemente no era así. Nunca había visto a nadie de  ese tamaño y altura. Debió levantar su vista hacia él. El hombre era… impresionante. Altísimo, debía medir como dos metros, era enorme, el traje caro que usaba no dejaba dudas de su tamaño. Su pecho, su cuello, todo era enorme. Si ese hombre la golpeara ni siquiera sobreviviría. Al pensarlo su respiración cambió. Un leve y visible temblor la recorrió

El hombre la miró. Joy decidió sentarse así podría sentirse menos vulnerable. Necesitaba donde sentarse porque necesitaba recuperar el aliento. ¿De donde habría sacado Marcia a este abogado? Por su aspecto seguro que fue uno de sus niños abandonados.

—¿De dónde te sacó Marcia? —le preguntó Joy.

Su pregunta lo sorprendió. Por un segundo había pensado que le tenía miedo, pero su tono sólo reflejaba curiosidad. Ella se oía tranquila y calmada.

¿Acaso está sonriendo —se preguntó Joy, Santa Rita, el hombre que le sonreía ni siquiera se parecía al hombre duro que la había estado esperando.

—De Chicago, —le contestó— y se sentó cuando vio que ella hizo lo mismo—. Soy Michael Gallahan, seré tu abogado defensor a pedido de Marcia.

—Sí, me lo dijo —lo que no le había dicho es que el hombre sería intimidante y Marcia sabía muy bien lo que ella opinaba de hombres de ese tamaño. El primero de una serie larga de padres adoptivos, había decidido que ella era tan buena como bolsa de práctica para sus puños como un gimnasio bien pago. Desde esa vez los hombres grandes no estaban en su lista de preferidos. Suspiró. Tal vez Marcia no tuvo muchas más opciones…

— ¿Lara Joyce Collins? —le preguntó.

Joy afirmó con su cabeza.

A Mike se le hacía difícil hablarle con los colmillos del lobo presentes.

—19 años? Dieciséis años, le llevó dieciséis años. Mike estaba anonadado. Saber que ella existía lo había sacudido tanto como comprender en qué lio estaba. Acusada de asesinato. A-se-si-na-to. Sacudió su cabeza.

—Los cumplo en un mes —respondió con su vocecita de niña.

Si Garreth estuviera aquí, él podría leerla y saber cuál era la verdad, pero no lo estaba, tendría que guiarse por sus instintos.

—Joyce, —dijo tirando la carpeta con papeles a un lado— cuéntame qué pasó.

Ella suspiró. ¿Por donde comenzar a contar esta pesadilla en la que estaba metida? —Desde que cumplí los dieciocho años, trabajo de camarera. Estoy ahorrando para… no importa… esa noche salí de mi trabajo muy tarde. Habían ganado los Chicago y todo el mundo decidió festejar hasta tarde. Joe me pidió que dejara todo listo, cuando salí no había nadie en la calle. Habíamos acordado que le dejaría la llave por la ventana, él vive a una cuadra. Salí y comencé a caminar. Estaba… oscuro. Las llaves se me cayeron y no podía verlas… las había sentido rodar así que comencé a buscarlas. No las encontraba. Hay unos tachos muy grandes, no podía moverlos, estaba muy oscuro… y estaba tan… cansada. Pero no podía hallarlas. En la cafetería hay una linterna pero no tenía la llave para volver… de pronto apareció un auto. La puerta de atrás se abrió y tiraron el cadáver…

—¿Sabías lo que era?

Ella negó.

—Tiraron algo, pensé que era un perro, pero era muy grande. El auto se fue y me acerqué. Era un… hombre. —los ojos de Joy  se llenaron de lágrimas—. Lo dí vuelta… tenía un cuchillo clavado en el pecho, intenté sacarlo pero no pude. Soy… fuerte… lo soy,  pero no pude. Así que llamé a la policía. Y me fui a casa.

—¿Por qué no los esperaste?

—No… había nadie…  nadie más. Y una vez me detuvieron…

—¿Viste a quienes iban en el auto? —le preguntó Mike.

—Si, pero ni recuerdo como eran sólo vi a uno de ellos, un segundo, cuando abrieron la puerta para… tirarlo. La luz del coche lo iluminó. Ni siquiera recuerdo como era.

—Eso podremos averiguarlo —le dijo. Se la veía muy angustiada, todo el tiempo había estado retorciendo el pañuelo que tenía entre las manos, podía sentir como latía su corazón. Garreth podría ayudarla a recordar al hombre. ¿Y la droga?

—¿Y la droga?

—No lo sé, se lo juro, no lo sé. La policía me detuvo y cuando buscaron en mi casa encontraron ese paquete. Vivo allí desde hace un año, y nunca lo he visto.  No uso drogas, no las uso. No sé como llegaron allí.

—¿Alguien pudo llevarlas?

Ella negó con la cabeza, de sus ojos caían dos gruesas lágrimas. Levantó sus manos y las secó con el dorso.

—¿Estás segura? —preguntó de nuevo.

—Sí. Nunca he llevado a nadie allí.

—¿A nadie? Ni amigos, novios, amigas… —agregó. Sintiendo al lobo sacudirse con fuerza.

—A nadie. Creo… que alguien la puso. Pero no sé cuando ni por qué… yo no lo maté, esa droga no es mía.

Mike la miró. Podía oler su miedo. Por un segundo solo deseó llevarla a su regazo y abrazarla, darle consuelo. —Intentaré sacarte de aquí.

—Si… —dijo en un susurro— pe… ro Joe me dijo que me olvidara… del empleo y no tengo trabajo… y…

—Espera. Veremos eso paso a paso. Calma… voy a sacarte de aquí y resolveremos esto.

—Yo… yo tengo antecedentes, yo… no maté a ese hombre… no lo hice  y…

Mike apretó sus manos con fuerza cuando ella se largó a llorar. Quería abrazarla, quería consolarla y maldita sea no podía hacerlo con esas mujeres policías al otro lado. Era tan pequeña y frágil. Demonios, tenía que sacarla de ahí.

—Tranquila  Joyce, voy a sacarte de aquí. Mírame.

Cuando ella levantó sus ojos hacia él, le pasó un papel. — Firma aquí. Este papel ahora dice que voy a representarte. Voy a sacarte de aquí, te lo prometo. Como sea, pero voy a sacarte de aquí bebé.

Joy tomó la lapicera, firmó algo insegura pero dejó su nombre en el papel y se puso de pie. Salió del pequeño cuarto sin darse vuelta. Le avergonzaba haberse puesto a llorar frente a ese hombre.

Ella jamás lloraba.

Llorar no servía de nada, absolutamente de nada.