CUENTOS

UN REGALO DE NAVIDAD
de Castalia Cabott
Ella estaba a dieta.
Y odiaba las dietas y más en Navidad.
Odiaba cuando Geraldine Thomas hacía dieta, porque su trabajo se duplicaba y no había vez en que no tuviera un encontronazo con algún colega y terminara completamente desgastado. En los días de dieta de Geri siempre pensaba que no había suficiente sueldo que lo pagara. Y esto era todo un decir porque como su ángel de la guarda no recibía paga. ¿Qué paga puede necesitar alguien que solo debe pensar en algo para tenerlo? Pero su pupila se lo hacía tan pero tan difícil que hasta imaginar ese algo era agotador y estéril; nada se le ocurría. En los días en que ella hacía dieta ni siquiera podía recordar su nombre. ¿Y ese era…? Herbert Lysan. Sí, Herb para los amigos.
Geraldine Thomas le había sido designada extrañamente no cuando nació, lo que era común, sino cuando cumplió los doce años. Al parecer su ángel de la guarda titular pidió el retiro. No es que los ángeles se jubilen o envejezcan, no señor, nada de eso. El caso Thomas conmovió al mundo angelical. Al parecer el ángel titular tuvo acceso a su hoja de vida y esta pronosticaba que Geri se enredaría con su ángel. Y eso fue un escándalo a nivel cósmico. No sólo que un ángel se atreviera a mirar hacia el futuro la historia de vida de su pupilo o pupila, sino que se averiguara que se enredaría con su ángel. Aún hoy, casi doce años después, se hablaba del asunto. Y cuando el ángel pidió el recambio, ese fue otro escándalo mayúsculo, ahí apareció su nombre. Acababa de perder a su pupilo, después de acompañarlo 99 gloriosos años, y cuando ya pensaba que tendría unas largas vacaciones de buenas a primeras es convocado y puesto a cuidar de la inefable señorita Thomas. Al menos sabía que no sería él quién se enredaría con su pupila, algo tampoco jamás visto ni sabido en los anales angelicales. Si su ángel de la guarda oficial se retiraba, era evidente que su hoja de vida se modificaba trescientos sesenta grados.
Cuando la recibió, se tomó de la cabeza. Primero no había estado ahí cuando dio el primer grito de vida, ya había cumplido los diez años y a esa edad, Geraldine Thomas era cualquier cosa menos una señorita más bien parecía una verdadera marimacho cuyas aficiones eran por demás masculinas: jugaba fútbol, practicaba karate y judo, y por si eso fuera poco era la niña más fea y desordenada de la escuela. Toda ella era un peluche desplumado. Pelo rojo incendio, feroz rojo, ojos verdes casi transparentes, de claros, aún recordaba cuando sus compañeras le decían por detrás “bruja” y el peor carácter que conociera. Cuando la vio por primera vez, ella estaba aterrizando limpiamente en el suelo cuando una compañerita le hizo una zancadilla como venganza. En ese momento no hizo nada por ayudarla. No había nada que discutir, se lo merecía. Si algo bueno tenía la pequeña Geri Thomas era una boca de cloaca y cuando la abría pasaban cosas como esas, algunas compañeras se unían y terminaba peleando como la gata callejera que era.
Y fue solo verla para comprender que mucho de lo que era la niña se lo debía al mal manejo de su ángel de la guarda. ¿En qué estaría pensando cuando le dio total libertad para crecer sin freno ni límite alguno? Los ángeles de la guarda tienen muchos métodos para disciplinar a sus pupilos y el “retirado” no había hecho muy bien su tarea.
Catorce años más tarde él seguía lidiando aún con su mal carácter
Al verla y recordar a su ex guardián y después de miles de años de ser nombrado ángel de la guarda seguía sorprendiéndose de cómo algunos colegas esquivaban el bulto y solo la pasaban bien sin preocuparse por sus pupilas y pupilos.
Se había pasado catorce años intentando remedar el desastre con resultados variados. La había encaminado. Geri ya no solucionaba todo con una feroz golpiza ni cortando con su filosa lengua, la había “motivado” a estudiar (en verdad era brillante, un diamante en bruto al que aún intentaba pulir para sacar su luz interior), en tiempo record y notas excelentes había logrado un master en relaciones publicas y conseguido el mejor trabajo posible para una novata. Pero, siempre hay un pero, las presiones a las que la había sometido se habían traducido en un increíble problema de sobrepeso que aún no sabía cómo encauzar.
Y si él no tenía idea, Geri Thomas mucho menos.
El peso de Geri era como su carácter, surgía de la nada y explotaba y luego se calmaba, entonces se movía entre ser una mujer con formas rotundas a definitivamente obesa.
Cuando veía que la ropa que quería no le entraba, iniciaba su etapa de “destruye el mundo mientras bajas de peso”. Cuando no comía Geraldine se convertía en un verdadero monstruo del mal carácter. No es que saliera a pelearse como la gata que en el fondo era, sino que su lengua y su cerebro se volvían divergentes. Cada uno por su lado. Con lo que le había costado convencerla de que si lograba ese puesto tendría un futuro soñado. Bien remunerado, excelente oportunidades para crecer profesionalmente y el mejor lugar para desarrollar lo que mejor sabía hacer: hablar.
Solo que cuando hacía dieta no hablaba. Mordía, ladraba, fagocitaba el buen humor de los demás. Cuando Geri Thomas hacía dieta, los ángeles de la guarda simplemente le pedían, cortésmente por cierto, que se abstuviera de presentarse en su club de reuniones. Y Herb odiaba ser sacado de uno de los únicos lugares dónde podía tener conversaciones entretenidas e inteligentes.
Porque digamos que a tu ángel de la guarda nadie lo ve. Y menos se le habla. (Excepto esa moda de pedir cosas como lugares para estacionar o que el tipo ese te mire, verdaderas ridiculeces a las que ni sabía ni podría contestar).
Geri miró a su jefa inmediata, debería decirlo en mayúsculas SU JEFA. Como socia junior recién ingresada debía rendir cuentas a un superior y al parecer la imbécil no se daba cuenta que estaba a punto de pasar a ser historia.
—¿Qué dijiste? —preguntó Geri con una sonrisa helada en sus carnosos labios.
—No…. No pude ir por ella Geri, lo siento…
—¿No pudiste? ¿Has tenido toda una mañana y no has podido?
Herb acercó su metro noventa muy sugestivamente al ondulante cuerpo de Geri y le susurró a su oreja —Geri, la chica es “tu jefa” no tu secretaria y además tiene una hija enferma, sé paciente.
—Mi hija….
—Tu hija…. Supongo que es una buena excusa para olvidar tus responsabilidades con la empresa y “tus empleados”
—Geri —casi gritó impaciente Herb sabiendo que Geri y su bocaza era ya incontrolable había explotado y ahora se descargaría sobre la pobre mujer.
El timbre sonó en el momento justo, la chica salió casi sollozando de la oficina de Geri.
Herb estaba a punto de explotar de furia. Le había llevado mucha energía lograr que el teléfono sonara, tanta que no pudo evitar gritarle apenas salió. Sin importar que era casi vísperas de Navidad que la paz y el amor reinaba en todos los comercios decorados a tono, que todos se prometían a sí mismos ser mejores el año entrante Herbert Lysan explotó.
—¡Maldita seas mujer es que jamás vas a poder controlarte!
Geraldine Thomas más conocida por Geri dejó de respirar ante la impresión de ver aparecer de la nada y frente a ella a un enorme tipo que le gritó —¡Maldita seas mujer es que jamás vas a poder controlarte!
El mundo, como dicen, se oscureció y Geri se fue con él.
Él no existe
Abrir los ojos es una cosa, pero abrirlos con hambre es otra. Geri saltó a regañadientes de su cama y pasó al baño. Antes, como siempre, se detuvo frente al espejo de suelo al techo y buscó a los pies del enorme espejo, a la impiadosa, es decir la balanza. Iba a subir como hacía mecánicamente todos los días de su vida cuando se detuvo a mirarse al espejo. Y éste no mentía. Demasiado baja para su gusto, casi llegaba al metro sesenta y dos, sin tacos, colorada a rabiar, llena de pecas, ojos transparentes, y una rebelde cabellera que usaba larga porque era la única manera de manejarla, rizos rojos indomables, que torcía en un rodete de dónde siempre escapaba algún mechón. Y su peso. Qué raro jamás se había acostado vestida… levantó los faldones de su camisa blanca por demás extrañada. ¿Se había acostado casi vestida? Ella dormía desnuda, siempre lo había hecho desde que dejó el colegio dónde sus padres la mandaron para quitársela de encima. ¿Entonces…?
—Un momento Geri, ¿qué hora es?
—Las diez de la noche —le respondieron desde atrás y giró como si le hubieran echado un balde de agua hirviendo por la espalda.
Sentado en su sillón predilecto el extraño hombre que apareció de la nada en su oficina. ¿Qué? Un momento… —se dijo a sí misma mientras sus manos sujetaban su corazón que traqueteaba como a punto de colapsar—, ¿Quién es… usted? —dijo por primera vez en su vida con vocecilla vacilante y llena de miedo— ¿Quién es? ¿Qué hace aquí? ¿Qué es esto? ¿Qué hago aquí? Yo… —levantó una mano y señaló hacia el espacio exterior, luego la llevó a sus sienes y la restregó con fuerza— Oficina, yo estaba en la…
—Oficina —completó el desconocido—. ¿Por dónde quieres que empiece? ¿Por repetirte lo estúpida que has sido al reprender a tu jefa? ¿O quizás por darte la buena nueva de que después de todo lo que me costó conseguirte ese trabajo probablemente lo pierdas? ¿Quién soy preguntas? ¿Quién soy? Pues soy quien se supone debe cuidarte de por vida, y mejor dicho; ¡soy quien siempre arregla los desastres que dejas CADA VEZ QUE HACES DIETA! ¡Estoy harto, me has oído, harto! Ni siquiera en Navidad puedes hacérmela fácil.
Todo hubiera salido bien si tan solo el hombre le gritara lo que le gritaba y ella por supuesto no entendía nada; pero cuando se esfumó delante de sus ojos y reapareció detrás justo a su espalda para decir en su oído con esa voz ronca y sexi:
—¡Y no me importa que el próximo milenio o las próximas diez mil Navidades las pase contando ovejas pero tu mal carácter ya raya en lo imposible de superar ni siquiera PARA UN ÁNGEL!
Geri Thomas, como es de esperar desarmó su pequeña figura sobre su preciosa moquette gris perla de la más genuina impresión.
Para ser una guerrera consumada, verla desmayarse por segunda vez desde que la pusieron a su cargo lo sorprendió y no gratamente. No podía evitar preocuparse ¿O sí? De todas maneras no podía dejarla tirada en el suelo aun cuando el piso fuera una mullida alfombra, se acercó a ella y la levantó como si pesara lo mismo que una pluma de gallina colorada.
Como le había pasado en la oficina, su corazón (los ángeles también tienen corazón, y sangre en las venas, y un apetito sexual saludable por si se están preguntando algo al respecto), como decía su corazón empezó a golpear llamativamente fuerte. Cuando la trajo de la oficina, había roto la primer regla de los ángeles de la guarda: no usar sus poderes, de ningún tipo, con sus protegidos. Pero no podía dejarla ahí tirada, sobre todo cuando la jefa podía volver con algunos guardias para sacarla a la fuerza de la oficina después de la escenita que le hizo por no pedir que retiraran las últimas gráficas que Geri necesitaba. En ese momento pensó que sacarla de ahí era una buena idea. Así que se teletransportó y la trajo a su departamento. Con ella en brazos no supo qué hacer. Ella podía quejarse de su sobrepeso, y lo hacía cada maldito día, pero la verdad es que era perfecta. Curvas rotundas y plenas allí donde debían estar. Los recuerdos de la mañana, y de todas las mañanas, cuando la desvergonzada se pesaba desnuda movieron su entrepierna y eso lo decidió a dejarla sobre su cama para que durmiera lo más rápido posible. Tenía que arreglar algunas cosas con cierto guardián que no se vio muy feliz cuando vio maltratar a su protegida.
Pero cuando la dejó sobre la cama, empezó a quitarle los altos tacones, (tenía la estúpida idea de que era demasiado baja). No había habido forma de sacarle esa idea de la cabeza. Entonces se mataba usando tacones de ocho centímetros. Así que se los quitó, con mucho placer. Siempre le daba miedo que se cayera de ahí arriba y pasarse algún tiempo encerrado con ella, que jamás estuvo enferma, era una de sus peores pesadillas.
La miró y pensó que quizás debería quitarle esas medias. ¿Quién habría decretado que una mujer sin medias finas no era elegante? Bueno, pero eso significaba quitarle también su pollera. Demonios, debería ponerle sus manos encima. Alzarla era una cosa, pero tener que desvestirla no era algo que un ángel tuviera que hacer. De hecho cuando sus protegidos llegaban a su casa y no había peligro alguno para ellos simplemente se evaporizaban y se alejaban del lugar. Y eso había estado haciendo los últimos diez años. Cuando la acompañaba a casa la dejaba y se marchaba a reunirse con los otros guardianes en el club o a dormir y descansar, no es que lo necesitarán pero vivían tan en contacto con humanos que adquirían sus costumbres.
Lo que hacía que no sabía de nadie que lo hiciera, o al menos que lo comentara, lo había preocupado las primeras cinco veces, luego cerró esa parte de su mente y simplemente lo disfrutó. Geri Thomas, señores, dormía desnuda y se… levantaba desnuda, y se pesaba desnuda, y luego se duchaba. No es que la acompañara a la ducha, bueno… lo había hecho algunas veces… decenas de veces en realidad, pero es que le gustaba verla desnuda, ella era simplemente perfecta. Siempre se ponía junto a ella, miraba sus insolentes pezones, prietos, y tan exquisitamente erguidos que su polla más de una vez pedía atención. Sus manos escocían pero se mantenían férreamente quietas; su boca se secaba y aunque le costaba intentaba no imaginarse a sí mismo chupando esos duros brotes. Eso lo había intrigado durante algún tiempo. No eran sentimientos que ningún ángel tuviera pero cuando cayó en la cuenta que no estuvo en la sala de parto para recibirla, en ese segundo su mente se abrió a la comprensión: esa era la razón de que la mirara distinto. Fin del problema. Le gustaba mirarla, le gustaba imaginarse a sí mismo saboreándola, tocándola y ahí terminaba todo.
A pesar de eso, más de una vez había preguntado a los antiguos qué pasaba cuando tu protegida te gustaba. Lo habían mirado como si le salieran cuernos. No sabía por qué, era una buena pregunta. Alguien le dijo que no sabía de nadie que se sintiera atraído por su pupila o pupilo. Y eso lo asombró casi tanto como lo asombraba diariamente la exquisita piel de porcelana pecosa de Geri. ¿Por qué él sí y los otros no? Después de mucho pensarlo simplemente encontró la respuesta que buscaba. Geri era exquisita, y tenía exactamente el tipo que le gustaba: exuberante por donde se la mirara. Un culo generoso, pechos más que dotados, una pequeña y leve barriguita y la boca más sexi que había visto en milenios. Si, ella representaba sus gustos estéticos; era lógico entonces que le gustara. Una vez se planteó si estaba bien mirarla de esa forma, aprovechándose de que ella no lo veía. Pero considerando todo lo que lo hacía trabajar cuando entraba en sus famosas dietas bien valía como pago recrearse la vista.
Ponerle las manos encima fue una experiencia insólita, nunca la había tocado, lo que se dice tocar, es decir, pasar tus manos suavemente por la superficie. Mirado sí, podría hasta dibujar el diseño de sus pecas o ese precioso remolino rojo de su pubis con los ojos cerrados, pero tocarla… ¿Tocarla como lo había hecho? Jamás.
Y fue interesante. Su piel se deslizó entre sus dedos y la sensación elevó su temperatura. Demonios, hacía miles de años que no se excitaba así. Solo le quitaría la pollera nada más, la pollera, las medias y los zapatos. Pero no había previsto en la ecuación “bajar la ropa”, el que sus dedos adquirieran vida propia. De pronto dejar deslizar una pollera por sus suaves y torneadas piernas se convirtió en una experiencia tan agotadora como esquiar en el Himalaya, pero lo que agotó su aire, y no dicho en sentido literal fue quitarle las medias. Porque ella no usaba ropa interior. Solo medias. Y como debió levantarla, porque desmayada era un peso muerto, algunas cosas le jugaron en contra: la suavidad de su piel, el hecho de que literalmente tuviera que meter casi su cara en su pubis y ese exquisito olor que nunca se había permitido sentir de manera absolutamente deliberada. Ahora era tarde, ya sabía que desde ese momento su olor se convertiría en parte de su rutina diaria, tanto como mirarla cómodamente sentado salir de su cama, bañarse o vestirse. Rápidamente completó la grata tarea pero no siguió adelante en su plan. No era sano en ese momento. Ni cuerdo, ni lógico ni nada.
Ahora todo volvía a empezar, al parecer verlo la hacía desmayar. Con un suspiro del tipo, “no hay modo de cambiar esto” , la volvió a levantar de la alfombra y la puso nuevamente en la cama y se quedó esperando. ¿Qué hacía? ¿Desaparecía y dejaba todo como estaba? ¿Hacía de cuenta que todo fue un sueño? Podría ser una buena idea, que despertara y pensara que era solo un sueño. Aún tenía que arreglar con Slim, el ángel de su jefa, cómo sugerir a su Louise que la perdonara. La verdad es que lo había intentado pero no logrado. Odiaba cuando las cosas no le salían fáciles. Tal vez debería pensar en un Plan B; sería mucho mejor ver quién de los otros ángeles tenía un protegido que pudiera darle trabajo. Pero con la fama que cargaba, tal vez debería pensar en irse a otro país. Si, linda idea pero no hay secretos en el mundo angelical. Geri Thomas no cargaba buena fama.
Cuando la vio moverse. Se hizo invisible. La dejaría creer que todo había sido un mal sueño. Era lo mejor. Ella abrió sus ojos y se quedó mirando el aire delante de ella. Cerró y abrió varias veces sus larguísimas pestañas negras a fuerza de puro rímel. De pronto se sentó con la velocidad de un rayo sobre la cama y miró hacia el sillón. Se suponía que no lo vería.
Se suponía, pero no fue así.
Geri encogió sus piernas, y retrocedió sobre la cama alejándose de su lado —¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Qué está pasando?
Sus preguntas no lo molestaron, de hecho si en algo era buena era hablando, y ni hablar de argumentando, era una experta, lo que le molestó es que lo viera.
—¿Me ves?
—¿Qué? ¡Por supuesto que te veo estúpido! —dijo la pelirroja saltando de la cama y parándose del otro lado. Un segundo después tomó la lámpara de la mesita de la luz y la levantóó como arma defensiva, en el medio algunas de las cosas que tenía sobre la mesita cayeron estrepitosamente al piso enredadas con el cable, haciendo un ruido espantoso que los puso más nerviosos a ambos.
—¡Maldita sea! ¿Cómo es que más estás viendo? Se supone que no puedes verme.
—No sé quién eres pero solo diré esto: O te largas ya de mi casa o voy a llamar a la policía.
—¿De veras Geri? —agregó el hombre cansado regresando a su asiento de nuevo tomándose la cabeza. No entendía nada de nada. Ella lo veía. Insólito, algunos niños pequeños ven pero los adultos jamás. ¿Qué estaba pasando?—. ¿Y cómo lo harás? Hace más de dos meses que no pagas el teléfono y creo que tu celular no tiene crédito. ¡TE LO SUSURRÉ CIENTOS DE VECES!
—¿Qué? Cómo sabes…
—¿Cómo lo sé? ¿CÓMO LO SÉ? Soy tu ángel de la guarda, y MALDITA SEA SI ENTIENDO ALGO. Ya vuelvo —agregó y delante suyo cambió el ajustado jean azul desgastadísimo y la más que ajustada camiseta blanca por un simple chándal blanco y las alas más grande que hubiera visto antes. Y desapareció.
Geri Thomas esta vez no se desmayó simplemente cayó al suelo.
EL REGALO DE NAVIDAD
Nueve horas después Geri Thomas estaba tan vestida que parecía cruzaría el polo. Había pasado las últimas cinco horas consultando internet y no había encontrado ni una maldita cosa seria sobre los ángeles, al parecer algunas personas decían que existía. Cuando intentó hablar con alguien solo se acordó de Louise, pero ella no quiso atenderla. Al parecer la criada le cortó de muy malas maneras. Alguna gente es muy rencorosa. De pronto tuvo tiempo para pensar que no tenía a nadie con quien compartir. Cuando llamó a la policía y les explicó lo que pasó, el que la atendió le dijo que dejará de tomar las pastillas que estaba tomando y hablara con su médico y le CORTÓ! Estaba sola en el mundo, como siempre, y encima completamente chiflada. Porque eso era lo único que tenía en claro. Alucinaciones, muy reales, locura temporal o quizás definitiva. Entonces Geri Thomas, la indestructible, comenzó a llorar. Puso la cabeza entre sus piernas recogidas, y lloró amargamente: 24 años, completamente sola en este mundo, sin amigos, y loca de atar. No tenía consuelo alguno.
Los mocos comenzaron a molestarla y una voz a su lado dijo —Toma.
Herb había estado tan desolado como ella. Ahora sabía que el destino era tenaz y persistente y además que nadie podía escapar de él. Herb miró a Geri y comprendió que sí, era cierto lo que se decía había en su Hoja de Vida: Geri Thomas estaba destinada a enredarse con su ángel. Nunca había pasado y no sabía por qué él tenía que ser el adelantado. Pero al parecer ambos estaban destinados, vaya palabrita, a cumplir los designios de Dios: Unirse y reproducirse.
Primero se había reído, luego llorado, hasta que una voz le susurró lo que no había pensado “¿Acaso no la has deseado desde que se convirtió en mujer” ¿Acaso no le has espantado cuanto novio se le presentó en el camino? ¿Has olvidado lo que pasó el día que iba a debutar sexualmente¿ ¿O es que ese incendio fue espontáneo? Como una película de vida pasaron por su cabeza todas y cada uno de las cosas que había hecho para proteger a su pupila de lo que consideraba aves de rapiña que lo único que querían era un buen revolcón.
Ahora debía convencerla porque él estaba absolutamente convencido: Geri Thomas era suya. Siempre lo había sido y nada de lo que hiciera lo cambiaría. Esa certeza lo puso de buen humor. La miró con una sonrisa y le dijo: —Geraldine Thomas, eres una chica muy afortunada. Supongo que considerando tu mal carácter Dios pensó que nadie en su sano juicio y siendo humano podría contigo, así que decidió darte un regalo de navidad especial.
Geri no entendía nada. El hombre acuclillado frente a ella era por demás hermoso, moreno, cabello corto, ojos azules, muy musculoso, alto, muy, muy alto y parecía sonreír hasta con sus ojos. Aunque todo eso empalidecía frente a las enormes alas que se movían detrás suyo como si en el cuarto hubiera alguna brisa.
—Un regalo… ¿de qué regalo hablas?
—De mí. Feliz Navidad Geri, Dios te envió un ángel como presente.
Por supuesto Geri Thomas cayó una vez más en lo que ya parecía un mal hábito: desmayarse sin aviso.
EPÍLOGO
Tres años después
—¡Es TU hija!
—¿Mi hija? Así que así están las cosas. Cuando se mete en problemas es mi hija y cuando no es Tu preciosa bebé. ¿Quién le enseñó a hacerse invisible? ¿Yo? Por supuesto que no, eso lo hizo su amado papi.
—¿Quién le dijo que se defendiera si alguien la molestaba? ¿Yo? No. La experta en defensa personal de su amada mami.
—Ya te lo dije: le enseñé defensa personal no que saliera a golpear a sus compañeritos en la guardería.
—Elias empezó mami —dijo una cosita de larguísimos rizos negros, con un largo camisón blanco hasta suelo, y un par de brillantes alas balanceándose. Generalmente aparecían cuando se ponía nerviosa. Gracias a Dios sólo en casa.
Geri Thomas había obtenido mucho en estos últimos años. Pero su mayor premio estaba delante suyo. Un marido y una hija adorable a los amaba más que a nada en el mundo.
Después de recibir su regalo de navidad todo pasó velozmente. El sinvergüenza de Herb la convenció tan rápido de que eran el uno para el otro que antes de fin de año ya había cedido. Jamás lo diría, nunca. A nadie. Pero lo que la decidió fueron las palabras mágicas.
—Odio que hagas dieta. Eres perfecta.
Si un hombre o más aún, si un ángel espléndido, tan hermoso , fuerte y varonil te dice esas palabras quien sea que las escuche se derrite de amor. Y ella no fue la excepción.
Tres años después venían los reproches,
“¿Estás haciendo dieta? Su ceño fruncido no indicaba placer en lo que veía.
“No”.
“¿Estás segura?”
“Herb, por supuesto que estoy segura. Odio las dietas tanto como tú. Es el ejercicio”.
“¿Ejercicio? ¿Qué ejercicio? ¿Dónde estás haciendo ejercicio?
“En tu cama, imbécil”
“Ahh, sí.
La sonrisa de satisfacción no salía de su cara por horas. La mejor dieta del mundo: sexo desenfrenado a toda hora con un ángel.
—¿Podrías prestarme algo de atención, Geri?
—Sí mami, préstanos atención —dijo la pequeña Ilse.
Geri sonrió. —Está bien. Esta vez iré yo a hablar con la maestra. Pero… ven aquí jovencita —dijo mirando a su hija— mami te explicó lo que era la defensa personal, si golpeas a un compañerito nadie te querrá y pasarás todos los recreos sola. ¿Eso quieres?
—No —sus ojitos transparentes se llenaron de lágrimas.
Geri avanzó hacia ella y la alzó. —Entonces, no lo olvides. Te amo mi preciosa bebé. Pero no debes golpear a nadie. Entonces, hoy es ocho de diciembre. ¿Armamos el arbolito?,
—¡Sí! —gritó la niña. Y Geri la bajó.
—Y Herb, si “tu” hija vuelve a hacer una travesura y soy “yo” la que debe ir a ver a su maestra, me pondré a dieta. ¿He sido clara?
—Clarísima —Herb la abrazó, abrzándola tiernamente mientras buscaba su boca.
No sabían porque habían sido elegidos, pero había sido el mejor regalo que alguien a dieta pudiera recibir.
¡FIN Y FELIZ NAVIDAD AMIGAS!
- Las chicas de MR me invitaron a escribir un relato corto . Esto es lo que salió. Espero les guste.
EME ERRE, MI ROMANCE
Todo comenzó para la mierda, en un mal momento. Pésimo momento en realidad. Me había jurado que jamás reincidiría. Y aquí estoy con un Eme Erre galopando (cuando yo te diga MR tú debes escuchar: “Mi romance”). ¿Qué te decía? Ah sí. No señor, me había prometido que no volvería a enamorarme ni a prestar atención a un hombre en los años que me quedaran de vida.
Eso harías también tú, si tu prometido te deja una semana antes de la boda por irse con tu amiga de la infancia, sí, esa a la que le contas todo; esa a la que le prestas hasta la ropa interior, la misma a la que nunca dejas pagar porque,pobre, ella no tiene el mismo y fantástico trabajo que vos. Mi mejor amiga: la perra traidora.
Desde entonces me preguntaba a quién hacer responsable de mi duelo. Si a la perra caliente de mi ex amiga o al imbécil de mi ex prometido. Ni siquiera quiero recordar lo que me dijeron cuando los vi follando. Resultó que al final la culpa de todo ha sido mía. Yo fui la mala de la película haciéndolo sentir menos hombre, todo porque soy su jefa. Eso me dijo el imbécil gusano ese.
¿Y mi queridísima ex amiga? ¿Cuál fue su excusa para aceptar intercambiar fluidos con el gusano? ¡Estaba enamorada! ¡¡Enamorada!! Supongo que eso justifica todo, ¿Y mis sentimientos?
No sé qué me molestó más si verlos o no haberme dado cuenta antes. Por Dios, soy famosa por mi increíble percepción. Gracias a mi capacidad de análisis y lo que llamo intuición he llegado a ser una de las cuatro gerentes generales de CDH Entertainment.
¿Y tenía que pasarme esto? ¿Es que acaso el destino me está cobrando mis dos años de ceguera? Cuídense del Karma. Háganme caso.
Todo empezó cuando Barrie, si Barret Wilson el gerente de la sucursal de Chicago me pidió que lo reemplazara. Me dijo lo de siempre: “Te necesito Charlie, bla, bla, bla, nadie tiene tu olfato, ¿puedes ir a verlo?” En ese momento estaba en la mitad de mi duelo, así que me pareció la mejor idea del mundo salir de Los Ángeles y visitar Burbank. Trabajo y descanso en el campo a la vez. Alejarme del corrillo de las secretarias, y dejar de ver al imbécil de mi ex futuro esposo a punto de usar toda mi organización de bodas para casarse con la odiada-para-siempre.
Y así empezaron mis problemas. Primero no salí de viaje, huí de casa. Cuando huyes no tienes todo preparado, y menos te imaginas que si viajas a un pueblito de mala muerte a ver a un prospecto de artista no tendrás donde dormir porque caes sin reserva alguna en medio de un congreso religioso. ¡Religioso! El único hotel de Burbank estaba lleno de sotanas y hábitos por todos lados. Mi primera impresión fue algo así como “¿Acaso el Vaticano se mudó?” No soy muy buena practicante. Bueno, no voy a mentirles, soy pésima practicante pero cuando vi tanto revuelo de sotanas negras y monjas y cuando noté la forma en que me miraban sentí algo de miedo. El infierno tan temido llegó y me golpeó. Cuando tu prometido te deja lo primero que haces, no… lo segundo es cambio de look, (lo primero es querer matar a alguien o llorar) así que fui a la peluquería y me teñí, de marrón arratonado, pasé a ser rubia platino. En los últimos dos meses había bajado la módica cifra de 12 kilos sino fuera porque soy taza D de descomunal, se podría decir que desaparecería de delgada. Ahí estaba, luciendo nuevo look, flaca, pura pechuga, “soy sexi aunque mi prometido me dejó” y siendo el objeto de atención de todos los santos y vírgenes presentes en el único hotelito del pueblo donde no conseguí cama. Yo y mis brillantes ideas de unir trabajo con descanso.
Alta, casi el metro ochenta con las botas con tacones que llevo, pantalones de cuero negro ajustados, (si no los usas ajustados no uses cuero) y una camisa de seda blanca de mangas largas, mi cabello estaba cortado a media espalda y se veía limpio y vaporoso y “tan rubio que parecía plata” dijo una de mis secretarias. No había monja o cura que me mirara que no me prometiera el infierno tan temido tan solo porque parecía una prostituta elegante. Si supieran lo que cuesta este look, ¡lo que me costó: dos meses de llorar en los rincones, sin comer y maldiciendo a ya saben quienes… ojalá se pudran… pero no es de ellos de quien quiero hablarles sino de MR.
En vista de que no había alojamiento en Burbank me tuve que quedar en la única cafetería del pueblo todo el día sentada. La policía me rondó varias veces. Creo que pensó que estaba ofreciendo servicios. Los cambios de look parecen que son efectivos. Esa noche actuaba el prodigio local, según Maggie, la empleada del café oficiando de secretaria en provisoria oficina-café, Colbert Haytts sería una estrella, si quisiera. Y aquí estaba en un pequeño pub abarrotado de gente esperando al prodigio mientras todo el pueblo me miraba o porque desentonaba en un congreso religioso o el rubio platino estaba completamente fuera de moda.
Maggie, en una de sus tantas pasadas en el día, (mi pobre culo ya había perdido hacía tiempo su raya), me había dicho que me indicaría cuando Colbert llegara, aunque insistió en que lo reconocería. Al parecer era el soltero codiciado del pueblo. Ajá, como si fuera morder el palito, me importaba un huevo que fuera el soltero más codiciado, yo estaba para ver si en verdad era bueno y contratarlo. Nada más.
Aburrida de ser el centro de atención me había dedicado a trabajar en serio, lo bueno de Internet y una portátil. Cuando sentí la puerta abrirse el frío endureció mis pezones. Estuve a punto de gritar: ¡La puerta! Los valores del campo como sitio de descanso están sobrevalorados. Levanté la cabeza pero mi grito quedó atascado. Si alguien en ese pueblo debería ser estrella de Hollywood estaba entrando. Cuando Maggie se acercó rápidamente en plan de coqueteo descarado, lo supe: Señoras: a su derecha , Colbert Haytts.
En ese mismo momento, el monumento me miró. Si no fuera por los pantalones de cuero mis bragas se habrían caído. No es que fuera una belleza. De hecho no lo era, parecía la mezcla exacta entre: Vin Diesel, The Rock y el Capitán América. Todo musculo, moreno, sin cabellera, boca grande, nariz grande, aura grande.
No diré que fue amor a primera vista. Fue lujuria a primera vista. Simplemente me golpeó con su ajustados vaqueros, su camisa enrollada con dificultad en sus antebrazos gigantescos aún con el frío exterior, y la guitarra en su espalda cual valiente guerrero medieval. ¿Hay algo más romántico que un tipo de metro noventa en su mejor potencia física con una guitarra en su espalda? No pienses, mueve tu cabeza y dí: no. No lo hay.
Lo que pasó de ahí es confuso. Maggie nos presentó; él me miró, me sonrió, y yo sucumbí olvidando de un plumazo al tipo ese con el que quise casarme pensando que a los 31 es mejor apurar a la naturaleza. ¿Se puede ser más estúpida que enlujuriarse (por no decir enamorarse) a primera vista) No me lo digas. El asunto es que me preguntó, humor pueblerino supongo, si era parte de algún convento, después de mirarme de arriba abajo. Créeme las miradas de este hombre deberían ser patentadas como armas letales. Sus ojos dorados, ¡¡ayyy sus ojos dorados!! Me derritieron. Sonreí como una descerebrada. Yo, la mejor ejecutiva de CDHEnt. ¡Patética! Tanto como cuando me encontré vomitando y llorando sentada en el baño porque mi ex … olvídenlo. Esa es historia vieja.
El tipo es soberbio me dije mientras lo miraba cantar esa noche. ¡Maldita sea mi mala suerte! Cuando me había jurado jamás mirar a otro hombre aparecía el Señor Encanto y desbarataba con su sola presencia mi firme decisión. A partir de ahí todo fue más borroso aún. Sólo diré que me ofreció dónde dormir. Y sí, tienen razón, su cama era muy grande y cabíamos los dos. Sólo diré que dormir con este tipo es el sueño mojado de cualquier mujer mayor de edad sin límite de caducidad. Fuerte, potente, hermoso, y al parecer incansable. El mejor remedio para un corazón roto. A los tres días ya ni me acordaba de mi ex. Pobre, ahora que tengo un segundo para recordar su patética existencia quizás debería darle algunos consejos del tipo “como follar a una mujer y dejarla satisfecha por tres vidas” el maldito los necesitaba.
MR creció como pasto de campo, como cabra recién parida, como maíz recién plantado… (espero que gusten de mis metáforas camperas) y como gran espinilla que reventaría en cualquier momento. Porque… vamos, el tipo cantaba como los dioses, (aunque viéndolo bien en realidad solo con mirarlo sabes qué es un dios y cómo cante es superfluo); el asunto es que este tipo no tenía intención alguna de hacerse famoso, él quería hacer lo que hacía; nada. Al parecer el pasto se vende bien en Burbank. Como les decía me dijo muy clarito: “No, gracias”. Y lo increíble es que lo dijo en serio.
¿Y ahora? Ahora sí que todo está para la mierda. Estoy enamorada de un tipo que cree que tocar la guitarra gratis es un buen trabajo. Si el otro imbécil me dejó porque mi trabajo lo apabullaba, ¿cómo se sentirá éste cuando vea que suelo traer a casa dinero por camionadas? Entre todo lo que pensé después de mi anterior vida, estaba el hecho de nunca jamás elegiría como consorte a un tipo pobre. A la larga los celos y la envidia matan todo. Y de solo pensar que todo lo maravilloso se termina decidí despedirme ahora, no cuando el Señor Encanto ocupara todas mis células corporales. Porque así parecía que iban las cosas.
Col era fuerte, inteligente, culto, ¡por Dios, sabía quién era Rajmaninov! Leyó Ulises (yo “no leí Ulises”), sensible, y con ese sentido de humor que amo: sarcástico, inteligente y oportuno y le importa cero el dinero y la fama y Hollywood. ¿Qué futuro puedes tener con alguien así? Cero. Nada. Ninguno. Soy competitiva por naturaleza y un tipo sin ambiciones que no hace nada solo puede ser pasaje a nuevo desastre. Y ya había tenido suficientes.
Eso fue lo que me decidió. Si me quedaba un día más con él sufriría más. Sin decirle nada aprovechando que había ido a comprar partituras musicales me marché.
“Querido Col, ha sido maravilloso, pero debo regresar. No creo que tú y yo tengamos futuro. Quiero una pareja a la pueda amar y respetar y alguien sin ambiciones ni futuro solo es un pasaje a la desgracia. Me voy ahora que puedo, prefiero sufrir ahora y no después. No creo que pueda resistirlo. Ya sabes que los rompimientos no se me dan muy bien. Y creo que contigo… jamás me recuperaría. ¡Cuídate y sé feliz! Charlie”
MR murió hace ya una semana. Y en esta semana bajé cinco kilos. No puedo dejar de llorar cuando estoy en casa y cuando estoy en el trabajo no puede dejar de hacer llorar a todo el mundo. Alguien, no sé quién fue, dijo: “perra, créate una vida” Creo que me han empezado a odiar. Es que si no trabajo no dejo de pensar en Col, y en pasto y las gallinas, y el café de Maggie. He logrado en una semana lo que antes me llevaba dos meses. Y nada parece calmar mi dolor. La mierda, dejar a alguien es más doloroso a que te dejen.
Cuando Astrid me informó que debía presentarme en la casa central de CDHEnt. Recorrí con la vista a todo mi personal. Nadie esquivó mi mirada. ¡Hipócritas! Seguro que alguno me denunció por hacerlo trabajar y me llaman para avisarme que si sigo así alguien que no soy yo morirá y pagar una compensación siempre cuesta o me están por dar un ascenso. Seguro que es esto último.
Arrastrando mi desánimo, me miré en el espejo del ascensor de las oficinas centrales de CDHEnt. en Nueva York. Había pasado otra noche insomne. Ya ni el maquillaje ocultaba mis ojeras. Cerré los ojos pensé en las manos de Col sosteniendo mis grandes pechos mientras me hacía el amor como más le gustaba: por detrás… cuando la puerta se abrió el recuerdo de Col mordiendo mi oreja mientras nos corríamos se esfumó. Me esforcé por no empezar a llorar de nuevo y salí decidida a ver qué querían. Era raro que alguien fuese llamado ante el jefe central.
Me hicieron esperar. Lo malo de no hacer nada es que los recuerdos te agobian. Col en la cama, tocándome a mi, a su guitarra, a su perro… chupando… su lengua era un prodigio… su polla…. ¿Por qué no podía dejar de pensar en él?
¿Charlie? ¿Charlie? Al parecer la secretaria mencionó mi nombre más de una vez y me hizo pasar a una nave espacial moderna convertida en el feudo del jefe supremo de CDH Ent. al que muy pocos tenían la suerte de conocer y pensar que ni siquiera me emocionaba metida en la mierda de “romper ahora para no sufrir después, no da resultado” en la cual estaba.
—Bajaste de peso. ¿Es que nadie te alimenta?
Sí, créeme. Era él. MR en persona. ¿Acaso?
—¿Firmaste contrato? —le pregunté extrañada. Es que en esos interminables segundo en que lo miré parado ahí frente al gran ventanal, vestido igual a como lo recordaba jean por todos lados, alto moreno y endemoniadamente sexi, sólo pude pensar que por seguirme había renunciado a una vida sencilla y feliz. Sólo sonrió y se me acercó. Y me atrajo con rudeza hacia su cuerpo. Comprendí que no había respirado desde hacía una semana. Porque, sé que es cursi, pero debo decírtelo: sus besos eran como oxígeno para mi corazón y cerebro y combustible para la pasión. El maldito me alzó como si no pesara nada y me subió al escritorio. Yo había ido de impecable traje sastre ajustado. No sé cómo de pronto lo tenía llenándome gloriosamente.
—Si vuelves a dejarme, voy a despedirte.
No entendí muy bien pero, en mi clímax mi cerebro registró: Colbert D. Haytts
POR EL RESTO DE MI VIDA
Chicago, 22 de setiembre de 2011
Querida ortiga:
Todo estaba en su lugar y marchaba acorde a mis planes. Después de todo, y como bien sabes soy el único hijo y heredero de los Cosgrove de Texas. Mi tatarabuelo fue gobernador del estado, mi abuelo fue vicepresidente, mi padre fue gobernador en dos oportunidades y yo estoy en camino de serlo. (¿O debería decir estaba?) Una esposa adecuada, una familia poderosa y una educación acorde con las aspiraciones políticas. Todo en su lugar. Así estaba.
Y llegaste tú.
¿Recuerdas? Una pasante recién salida de la universidad. Lo primero que me sorprendió fue el que fueras tan joven, algo inusitado ¡geniecilla sabionda! Me miraste de arriba abajo, y no porque sea tan alto, que lo soy. Eso me molestó. Una aprendiz cuyo único mérito era ser el mejor promedio de su promoción a los tan solo 22 años, en verdad me cabreó. Pero fue después de que me miraras de esa manera, porque tu mirada dice mucho; me sentí medido, evaluado y desechado. Tendrías que haber visto tu cara. Una sola mirada y me dijiste de todo. ¿Así que pensabas que era el típico hijo de papá sin cerebro propio? Me dijiste que te “habían enviado” no había sido tu opción, y si pudieras haber elegido hubieras ido con Monroe, a quien admiras desde niña, y bla bla bla… Mocosa impertinente. En ese momento me hiciste reír. Tal vez yo solo te miraba pero por dentro reía a carcajadas. Nadie jamás ha osado hablarme así, como si fuera material descartable. Podría sentir como mis pantalones se estrechaban y comprendí que mi polla se había puesto dura de tan solo verte enfurruñada por la mala suerte de tener que trabajar conmigo. Pero no solo fue eso lo que sorprendió, verás ortiga, el sexo no era algo importante en mi vida. De hecho el día que te conocí descubrí varias cosas que no sabía de mi: que me molesta que una mocosa que no pasa del metro sesenta me mire de arriba abajo sin ningún tipo de respeto, que aún tengo sentido del humor, supongo que debo agradecértelo y que mi polla haya renacido. Había olvidado completamente lo que se siente estar excitado. De algo puedes estar segura, no había sido infiel jamás en los 8 años de mi matrimonio con Marsha.
Hasta que te vi.
¿Puedes comprender por qué solo me limité a mirarte y no sacarte a puntas de pie a la calle, señorita “prefiero al senador Monroe a quien admiro desde niña”? Estaba desconcertado. Y no solo por tu loca manera de vestir… si ya sé no digas nada, sabes que tengo razón nadie se viste de viuda negra con traje prestado… ahora me pregunto ¿por qué elegiste algo que no va con tu personalidad?
Fue difícil esa entrevista, dudé mucho! Mi cerebro y mi cuerpo y cada célula que me forma me gritaban: ¡Fuera! Y al final tuve que hacerle caso a mi entrepierna que susurraba dolorosamente hinchada: ¡Fóllala!
Eras la cosita más belicosa, arisca y hermosa que jamás había visto. Una pequeña pelirroja de tremendos ojos grises casi transparentes, llena de pecas y espinas. ¿Qué me dijiste? A sí, “No sé qué esté pensando senador Cosgrove pero la respuesta es no” Ortiga presuntuosa, ¿acaso piensas que fue verte y desearte? Por supuesto que no. Fue verte y querer matarte; mirarme de esa manera como si no fuera nadie. Cuando sonreíste pensando que te diría no, gracias, sus servicios como pasante del senador no son necesarios lo supe. Querías que te echara. Debajo de ese espantoso traje negro de tu amiga Cindi, tres talles como mínimo más grande que tú, pude ver esos pequeños pezones, tan insolentes como su dueña, ponerse duros frente a mí. Sí, fue lindo ver que después de tantos años de apatía sexual, mejor dicho de esterilidad sexual podía lograr que una mujer me respondiera de manera tan visual y ardiente.
Las pelirrojas se ponen fácilmente coloradas, ¿recuerdas cómo te sentiste? Apretaste la chaqueta con fuerza y me lanzaste tu famoso NO. , “No sé qué esté pensando senador Cosgrove pero la respuesta es no”.
Te lo juro ortiguita espinuda, pensé solo en bromear. Creí que merecías una lección por menospreciar a la cuarta generación Cosgrove como políticos. Nunca imaginé que cuando te sonreí terminaríamos así.
Ese día empezó la verdadera y única campaña que he realizado solo en mi vida. Conquistarte, llevarte a la cama y perderme en tu cuerpo.
Sin asesores, sin consejeros, sin publicidad en la más absoluta soledad comencé mi asedio. Y sí, tienes razón, usé cuanto artilugio político inventaron en la familia. ¿Recuerdas cuando debimos ir a Austin para inaugurar la sede local? Sí, bueno nunca existió. Mentí. Quería estar contigo esos dos días, todo el día… y toda la noche. Lo pasamos bien, ¿verdad? A pesar de que por poco ibas disfrazada de monja. Mientras más te cubrías con capas y capas de ropa enormes, más me excitaba el solo pensar en quitártelas. Estabas tan enojada con la gente de Austin. Mi ortiguita los puso de vuelta y media. Tuve que mandarlos una semana de vacaciones gratis para disculpar la mentira en que los involucré.
En esos días yo pensaba que en el mismo momento en que te acostarás conmigo, despertaría del embelesamiento en el que me encontraba, llamaría a Marsha a donde estuviera (hacía años que no preguntaba ni me interesaba; sólo nos veíamos para las campañas y las fotos), y le preguntaría si le habían informado del cronograma de entrevistas de la tele o algo por el estilo, algo cotidiano, común y estéril, como todo lo que hacía en ese tiempo. ¡Qué estúpido imbécil era! Aquí te doy la razón. Estaba tan convencido que era el aburrimiento lo que me hacía perseguirte que al final terminé creyendo mi propia mentira.
A mis 38 años persiguiendo a una diminuta pelirroja llena de espinas. Y con solo una cosa en mi cabeza: follarte.
Y no me la hiciste sencillo. Eres una maldita ortiga venenosa. Como si fuera posible agarrarte. En Austin pensé que te tenía. No había nada que inaugurar, y teníamos un día y dos noches para encamarnos. ¡Plan perfecto! Pero ¡ME GOLPEASTE! ¿Sabes lo humillante que es para un hombre de mi tamaño, edad, aspecto y no hablemos de posición social que una cosita que no levanta tres palmas del suelo me golpeé?
Fue hermoso, creo que ahí desperté. ¿Qué estaba haciéndote? Acosándote con toda mi artillería y tan solo porque te deseaba como un loco poseído. Eso también lo entendí cuando te pusiste a llorar. Sigo creyendo que llorabas porque no pudiste noquearme, no porque te hayas asustado como me dijiste. De todas maneras verte llorar me hizo verme desnudo y créeme mi amor, no fue nada agradable (A pesar de lo que te gusta mi cuerpo). ¿Recuerdas mi amor? Ahí creo que comenzaste a verme diferente. No sé si fue que fuimos al mejor hotel de la ciudad y pedí dos camas en pisos diferentes y comenzaste a respetarme o si fue cuando volví más borracho que una cuba a rogar frente a tu puerta que me abrieras. Agradezco que no me hayas dejado afuera, hubiera sido horrible despertar durmiendo en la alfombra a la vista de todos. Por el contrario desperté en tu cama… está bien, en el suelo al lado de tu cama. Pero lo que vi al despertar me acompañará por el resto de mi vida. Resulta que debajo de tanta ropa había alguien pequeño, dorado, lleno de pecas y con los pechos más lindos que uno hombre pudiera desear. Y vaya que los desee. Salté a tu cama, ¿recuerdas? Estoy seguro que no quisiste pegarme por segunda vez tan duro pero debes entender mi naturaleza depredadora. Si no te deseara como te deseo, ortiguita Chan, no estaríamos viviendo esto.
Cuando volvimos, además de mi ojo negro por cierto, lo tenía claro. Si quería conseguirte debía ser en forma decente. Así que reorganicé la campaña, acomodé a los voluntarios, soborné a los necesarios y pedí a Marsha el divorcio. Supongo que debo darle las gracias, si no se hubiera presentado ante tu puerta hecha una arpía considerando que siempre se vio a sí misma como la primera dama para insultarte por derrocarla creo que jamás hubieras apostado por mí ¿no?
También sé que me ayudó mi padre, y mi abuelo, quienes a su debido tiempo se te acercaron, bueno debo confesarte amorcito, que mis planes de “conseguir a la pelirroja” tuvo una campaña fabulosa, y ellos hicieron su parte: convencerte que hablaba en serio.
Todo estupendo, se armó un gran circo mediático, y seguías sin darme nada. Así que moví mi ficha principal, mi carta escondida, mi as en la manga, llamé a Monroe, si, lo confieso, y ese es el motivo de esta misiva, debo confesarte mi amor que llamé a Monroe y le expliqué todo en detalle, inclusive le dije que hacía ocho años que no tenía sexo y que me lo negabas. Imagino que estás colorada ahora, pero así fue. Por eso el pobre imbécil se te acercó en medio de la proclamación de la candidatura número tres de mi padre, después de todo el circo no me perdona aún el divorcio y ahí fue donde te dijo lo buen candidato que era, lo valiente, inteligente y necesitado. Si, esto no lo dijo pero es así.
Votaré al imbécil de Monroe por el resto de mi vida; después de todo, esa noche apareciste en mi casa y por primera vez no venías disfrazada. Resulta que mi pequeña ortiga venenosa se había puesto un pequeño vestido color champan que no le tapaba el culo. Aquí, debo decir que esperaré que conserves la amistad de Cindi por el resto de tu vida conmigo, porque mi ninja colorado, jamás dejaré que vistas así de nuevo. Es más, si debo comprar la última colección de las novicias de la Madre Caridad lo haré, pero tú solo vestirás así en casa y en mi dormitorio. Hablando de él. Aún me duele que me dijeras que creías que era aburrido y torpe en la cama, al menos sabes que no lo soy. De hecho ya no me interesa más la política, creo que ahora seré tu asesor, tú serás la cara de una prometedora carrera política y yo estaré bajo tus faldas, después de todo usaremos esos hábitos con los que me castigabas antes de aceptarme. Te imaginas tú dando discursos llenos de fuego mientras yo me lleno la boca chupándote… y no pongas esa cara ni mires a ningún lado como haces siempre. Acostúmbrate a la forma en que hablo o actúo, sabes que se me dan muy bien todas las artes amatorias. Sólo que con Marsha no sabía que las tenía pero contigo… soy un hombre con la bragueta abierta hambriento de tu pequeño cuerpo y de tu osada lengua.
Mañana nos casamos pequeña ortiga. Estaré esperándote frente al altar, y el hecho de que te haya perdonado porque no quisiste dormir conmigo esta noche, no significa que mañana no recibirás tu castigo. En esta relación quien lleva los pantalones soy yo, que tengo experiencia en quitármelos rápido cuando de ti se trata.
Mañana mi amor, empezaré a vivir, y dejaré en el olvido los días meses y años que no te conocí ni te tuve, años tan vacíos que aún me preguntó cómo llegué vivo a ti.
Mañana mi amor, no habrá ser humano en este mundo que me separe de ti. Y mi última gran confesión. Desde que nos conocimos, y estuvimos en Austin, hace ya nueve meses, estoy practicando karate. No podrás hacer de mí un hombre golpeado, solo un hombre amado.
Nos vemos en la iglesia
Te amo ortiguita
Vincent
8 comentarios
Preciosoooo unnie!!!
Diferente a tu estilo, pero no por eso menos interesante.
Que dulce el políticooo y me encanta que la ortiga le haya hecho sufrir!
jajaja
Querida Casti:
Vengo a desearte feliz navidad
que lo pases muy bien con los tuyos
que no se acabe la dicha
y que venga lo mejor en este año nuevo.
Mis mas sinceros deseos
TU SIEMPRE FIEL LECTORA
Gracias Palomita mia. Espero que tú también obtenga mucho de eso que me deseas. Que para todos el 2012 sea el mejor año que vivamos. Paz, Amor, Dinero y Salud en el orden que prefieras. Y AMISTAD.
Castalia,
Muchísimas gracias por los regalitos. Son deliciosos. Me encantan tus libros, los encuentro frescos y divertidos.
Felices fiestas.
Me encantaron la historia de Vincent y la historia de Charlie, paga que tengan su segunda parte estan genial aunque mi favorita es la fe Geri, debo reconocer que como esta escrita tiene su principio y su final.
Mil Gracias, por reste super regali
Acabo de descubrir la pagina y todavía no me he repuesto, estoy IMPRESIONADA,
Sus libros me los leo, no dos, sino tres o cuatro veces, me encantan, mi favoritos, los Windstone
Muchísimas gracias
jajajja, pobrecita, se agradece desde el fondo del corazón tanto cariño.
Me han encantado las tres, cuando he comenzado tenía idea de dosificarlas, pero, como siempre, sus historias te enganchan y no puedes dejar de leer.
Muchísimas gracias